29.10.05

Nuestra “amiga”, el agua

Imagina lo que sería intentar vivir en un mundo dominado por el óxido de dihidrógeno, un compuesto sin sabor ni olor y tan variable en sus propiedades que, normalmente, resulta beneficioso, pero que en ocasiones mata con gran rapidez. Según el estado en que se encuentre, puede abrasarte o congelarte. En presencia de algunas moléculas orgánicas, puede formar ácidos tan desagradables que dejan diezmados nuestros bosques y corroen la piedra de nuestros monumentos. En grandes cantidades, cuando se agita, puede golpear con tanta furia que ningún edificio se mantiene en pie. A menudo es una sustancia asesina incluso para quienes han aprendido a vivir en ella. Nosotros la llamamos agua.

El agua es una cosa rara: es informe y transparente y, sin embargo, deseamos estar siempre con ella; es insípida y no obstante nos encanta beberla. Somos capaces de recorrer muchos kilómetros y de pagar bastante dinero por verla al salir el Sol. Y, aun sabiendo que es peligrosa y que ahoga a miles de personas al año, nos encanta retozar en ella.

Todo el mundo sabe que estaríamos perdidos sin agua. El cuerpo humano se descompone rápidamente si se ve privado de ella. El agua nos es tan vital que resulta fácil no darse cuenta de que salvo una minúscula fracción, la mayor parte de la que hay en la Tierra es venenosa para nosotros debido a las sales que contiene. La sal es también necesaria para nuestra vida, pero sólo en cantidades mínimas, y el agua del mar contiene mucha (unas setenta veces) más de la que podemos metabolizar sin problema.
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