29.10.05

Nuestra “amiga”, el agua

Imagina lo que sería intentar vivir en un mundo dominado por el óxido de dihidrógeno, un compuesto sin sabor ni olor y tan variable en sus propiedades que, normalmente, resulta beneficioso, pero que en ocasiones mata con gran rapidez. Según el estado en que se encuentre, puede abrasarte o congelarte. En presencia de algunas moléculas orgánicas, puede formar ácidos tan desagradables que dejan diezmados nuestros bosques y corroen la piedra de nuestros monumentos. En grandes cantidades, cuando se agita, puede golpear con tanta furia que ningún edificio se mantiene en pie. A menudo es una sustancia asesina incluso para quienes han aprendido a vivir en ella. Nosotros la llamamos agua.

El agua es una cosa rara: es informe y transparente y, sin embargo, deseamos estar siempre con ella; es insípida y no obstante nos encanta beberla. Somos capaces de recorrer muchos kilómetros y de pagar bastante dinero por verla al salir el Sol. Y, aun sabiendo que es peligrosa y que ahoga a miles de personas al año, nos encanta retozar en ella.

Todo el mundo sabe que estaríamos perdidos sin agua. El cuerpo humano se descompone rápidamente si se ve privado de ella. El agua nos es tan vital que resulta fácil no darse cuenta de que salvo una minúscula fracción, la mayor parte de la que hay en la Tierra es venenosa para nosotros debido a las sales que contiene. La sal es también necesaria para nuestra vida, pero sólo en cantidades mínimas, y el agua del mar contiene mucha (unas setenta veces) más de la que podemos metabolizar sin problema.

11.10.05

¿Enloquece el clima?

Aunque de momento no hay pruebas de que el cambio climático causado por el hombre, sobre todo por la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), haya aumentado los desastres naturales, expertos científicos apuntan a que en los próximos años sí aumentará la persistencia, intensidad, frecuencia y violencia de los riesgos meteorológicos y geológicos. De hecho, este año está siendo especialmente convulso ya que se han registrado hasta ahora 11 huracanes, 9 tormentas tropicales, 3 tifones y 16 terremotos importantes.

Durante estos días han llegado por primera vez a España los coletazos, en forma de depresión tropical, de un huracán (el “Vince”, que se formó el pasado 9 de octubre en el Océano Atlántico cerca de las islas Madeira), algo que podría evidenciar la relación entre el cambio climático y la actuación humana. Los huracanes se alimentan del calor y la velocidad de sus vientos depende de la temperatura de las aguas oceánicas, que se ha incrementado en 0,5º C durante los últimos 40 años por la influencia de los gases de invernadero.

¿Y ahora qué opinas sobre este tema?

7.10.05

La grasa en el deportista

Artículo de ALEJANDRO LUCÍA, fisiólogo de la Universidad Europea de Madrid.

Las grasas, o la grasa en general, es un constituyente primordial de nuestro cuerpo que almacenamos, en forma de triglicéridos, bajo la piel y entre las vísceras. Los triglicéridos representan una fuente de energía prácticamente inagotable: hasta el más delgado de los futbolistas podría jugar todos los partidos enteros de Liga, Copa y Champions antes de vaciar sus depósitos de triglicéridos. Por otro lado, el manto de grasa que se extiende bajo la piel nos aisla del frío y protege los órganos vitales de posibles traumatismos.
La cantidad de grasa y su porcentaje con respecto al peso corporal varía mucho en los deportistas. El gigantesco cuerpo de los luchadores de sumo puede tener hasta un 37% de grasa, mientras que los enjutos maratonianos difícilmente superan el 5%. Tan bajo porcentaje —apenas por encima del mínimo de 3% esencial para la vida— facilita la disipación del calor a través de la piel durante el ejercicio y, sobre todo, evita que el corredor cargue con un lastre demasiado costoso. Y es que, por muy abundantes que sean los depósitos de grasa, el músculo no es capaz de quemarlos tan rápido para obtener energía como quema los hidratos de carbono. Los glúcidos son el combustible esencial del músculo.

La composición corporal y el porcentaje de grasa de los futbolistas varía en función de su posición y papel en el terreno de juego. Aún así podemos generalizar: el cuerpo de un futbolista medio tiene alrededor de un 10% de grasa y su morfotipo suele ser más bien mesomorfo. Es decir, con predominio del componente muscular a medio camino entre el morfotipo ectomorfo (tipo longilíneo) de los fondistas y el endomorfo (de los luchadores de sumo). Qué mejor ejemplo de morfotipo mesomorfo, altamente musculado, que el de Ronaldo. De todos modos, el porcentaje de grasa del futbolista medio, cada vez mejor atleta, ha ido disminuyendo en las últimas décadas a expensas de un mayor desarrollo muscular. Y en los años venideros es de esperar que siga esta evolución. En efecto, las enseñanzas de las Ciencias del Deporte (nutrición, fisiología del ejercicio o biomecánica, entre otras) cada vez tienen más importancia en el fútbol.

La mayoría de los equipos controlan las dietas de los jugadores, sobre todo en las concentraciones previas, siguiendo los mensajes dictados por la moderna dietética deportiva: menos grasas y proteínas que antaño, y más hidratos de carbono (pasta, arroz, cereales). Además, los futbolistas se someten a exhaustivas pruebas fisiológicas que miden objetivamente la resistencia y la fuerza dé sus músculos. Como el jugador ha de desplazar su cuerpo, ambas cualidades se expresan en relación al peso corporal: de poco sirve que los músculos sean capaces de consumir mucho oxígeno si han de cargar con un innecesario lastre de grasa. Por ejemplo, el consumo de oxígeno máximo (abreviado VO2 max) se expresa en relación al peso corporal (en mililitros de oxígeno por kilogramo de peso por minuto o ml/kg/min). El VO2 max de los futbolistas de Primera División puede alcanzar los 60-65 ml/kg/min. En un jugador con un peso ideal de 80 kilos, un sobrepeso de 5 kilos de grasa reduciría su VO2 max en un 5%. Lo que se traduciría en una menor capacidad de recuperación tras cada sprint o carrera de alta intensidad, y por tanto en una menor contribución al juego, con o sin balón. Además de aumentar el riesgo de lesiones y sobrecargas, un exceso de grasa también merma la velocidad del futbolista. Por algo los atletas más rápidos del planeta —Greene y compañía— apenas tienen un 8% de grasa.

1.10.05

Documento de apoyo 1: ACIDOS GRASOS OMEGA

Existen 2 formas de ácidos grasos esenciales: los ácidos omega 3 y los ácidos omega 6. Durante los últimos años han invadido el mercado suplementos dietéticos que contienen estos ácidos grasos omega pues parece que lo curan todo. Pero no se debe exagerar, porque no es verdad. Pueden producir una notable mejoría si los problemas que se sufren se deben realmente a su deficiencia. Pero siempre debemos dejarnos aconsejar por un experto en el tratamiento naturista o biológico.

Desafortunadamente, estos aceites -omega 3 y omega 6- se encuentran en escasa proporción en los alimentos. Los omega 6 se han aislado en los granos y aceites vegetales principales. Mientras que los omega 3 se encuentran en la mayoría de grasas del pescado -su concentración es mayor en los peces de mares fríos que en los de mares cálidos. Debido a que los animales que viven a temperaturas muy frías necesitan tener en su cuerpo grasas más fluidas, con un punto de solidificación más bajo. Por otro lado, estos ácidos grasos omega 6 y omega 3 van a dar origen a dos series diferentes de prostaglandinas.

Necesidades diarias
Las necesidades diarias son poco conocidas; las cifras son difíciles de precisar pues una carencia es excepcional en el adulto y muy rara en el niño. Sin embargo, las estimaciones varían entre 3 y 6 gramos diarios para prevenir los efectos de su carencia. En todo caso, cinco nueces (unos 30 g) o dos cucharadas soperas de aceite (20 g), o 12 cucharaditas de semillas de girasol o 10 pecanas proporcionan al organismo la cantidad mínima diaria recomendada de Omega 6 y algo más de la mitad del Omega 3.

Las necesidades de Omega 6, sobre todo, aumentan en el niño, el adolescente, la mujer embarazada y durante la lactancia.

La relación ideal entre ambos ácidos grasos Omega oscila entre 1: 4 y 1: 10, y de manera especial 1: 6. Es decir, el Omega 6 (ácido linoleico) debe ingerirse en una proporción sólo seis veces mayor.

Sin embargo, en países como el nuestro, donde el consumo de grasas ha crecido en los últimos años y no precisamente con las más apropiadas, las relaciones entre ambos, puede ir de 1: 15 a 1: 50, un desequilibrio que podría repercutir en la salud cardio-vascular.

Por ello resulta más fácil que, o bien tomemos pocos ácidos grasos Omega 3 o muchos Omega 6, o ambos ácidos a la vez.

Fuentes
Las necesidades diarias son poco conocidas; las cifras son difíciles de precisar pues una carencia es excepcional en el adulto y muy rara en el niño.

Los Omega 6 se encuentran principalmente en los cereales y las menestras, pero en mayor concentración en los aceites vegetales de: maíz, soja, germen de trigo, linaza, girasol, maní, nuez, pepitas de uva, colza, palma y prímula; así como en las semillas de girasol, las pecanas, las nueces, las almendras….

Por su parte, los Omega 3 se encuentran en las hojas de las plantas marinas y el fitoplancton, los mismos que sirven de alimento a los "animales del mar"; razón por la cual los peces de agua fría (atún, trucha de lago, sardina, salmón, etc.), los mariscos, las anchoas y demás animales que se alimentan de peces son ricos en Omega 3.
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